Los vampiros sin ataúd
¿Por qué escribí esto? En el puente que acaba de pasar no solamente volví a leer el libro, sino que ví de nuevo la película. Ambos llevan por nombre Soy leyenda, pero el libro fue escrito por Richard Matheson y la película fue dirigida por Francis Lawrence y estelarizada por Will Smnith. Admiradores de Crepúsculo, libro y película, no se abtengan, éntrenle a éste lado de la oscuridad.
Una vez más la figura del vampiro se hizo presente en el cine y una vez más es la literatura la encargada de proporcionar toda la carne del banquete. Esta vez el elegido es un autor al que Ray Bradbury llamó “uno de los mejores autores del siglo”: Richard Matheson, autor de la novela “Soy leyenda”, que sufrió una adaptación al cine en la que, una vez más, Hollywood trastoca algunos elementos clave del libro en bien de nuestro antojo palomero.
Les dejo algunos trozos del libro, todo un clásico de la literatura vampírica, aunque alejado (e incluso burlón) del clasisismo de Stoker y del romanticismo de Anne Rice.
En Los Angeles de 1976 sobrevive Robert Neville, aparentemente el último hombre en la Tierra después de una guerra bacteriológica que ha transformado a todos los humanos en vampiros salvajes sedientos de sangre, que sabiendo dónde vive Neville lo visitan cada noche, no sabemos si para alimentarse de él o simplemente porque se trata de una especie distinta y a punto de extinguirse.
“El cuarto comenzó a girar sobre su centro giroscópico y el suelo onduló bajo la silla. Una niebla agradable cubrió todas las cosas. Neville miró el vaso, los discos. Dejó caer la cabeza a un lado y a otro. Afuera ellos rondaban, murmuraban y esperaban. Pobres vampiros, pensó, pobres criaturas, paseándose como gatitos frente a mi casa, tan sedientos, tan abandonados.
Una idea. Alzó un meñique que tembló ante sus ojos.
Amigos, iré a vosotros a discutir el vampiro. Un miembro de la minoría si alguna vez lo hubo.
Pero, y concisamente, esbozaré las bases de mi tesis: los vampiros son víctimas de un prejuicio.
La clave de todo prejuicio minoritario es ésta: se los desprecia porque se los teme, por lo tanto…
Neville bebió largamente.”
“No había, quizá, respuesta. No se había resignado a nada, no había aceptado aquella vida. Sin embargo, seguía allí, ocho meses después de que la plaga hubiera atacado a su última víctima, nueve desde que había hablado por última vez con un ser humano, diez desde la muerte de Virginia. Allí estaba, sin futuro, y virtualmente sin presente. Todavía en la brecha.
¿Instinto? ¿Estupidez? ¿Exceso de imaginación? ¿Por qué no se había suicidado en un principio, cuando estaba en lo más hondo? ¿Qué lo había llevado a cerrar la casa, instalar un refrigerador, un generador, una cocina eléctrica, un tanque de agua, construir un invernadero, un banco de trabajo, quemar las casas aledañas, coleccionar discos y libros, y levantar montañas de latas de conserva, y aun –parecía fantástico- instalar un mural?”
“Al fin los gritos cesaron y se oyó una voz que atravesó la penumbra, como un cuchillo del destino, chirriando en los altavoces.
-¿Queréis temer a la sagrada cruz de Dios? ¿Queréis miraros al espejo y no ver a esa cara que Dios todopoderoso os ha dado? ¿Queréis salir a rastras de las tumbas como monstruos surgidos del infierno?
Era una voz imperativa, vibrante, apremiante.
-¿Queréis transformaros en bestias negras e impías? ¿Queréis manchar el cielo de la noche con demoníacos aleteos de murciélago? ¿Queréis, os pregunto, ser como esas criaturas eternamente condenadas, monstruos nocturnos dejados de la mano de Dios?
-¡No! –estalló la gente sacudida por el terror -¡No, sálvanos!
Neville dió un paso atrás, chocando con creyentes que alzaban las manos y abrían la boca clamando auxilio de los cielos.
…
Las manos golpeteaban como una descarga de fusilería , los cuerpos iban de un lado al otro como llevados por el viento. Eran los gemidos de los que iban a morir, de los que luchaban aún por la vida. Neville se abrió paso entre los cuerpos apretados, las manos extendidas como manos de ciego que tantean el camino.
Huyó así, débil y tembloroso. Dentro de la tienda, la gente gritaba. La noche ya había caído.”
“El periodismo comercializado había descubierto sus entrañas en aquellos días. Y, añadido a esto, en una búsqueda desesperada de rápidas respuestas, mucha gente se había vuelto hacia los cultos primitivos. Con poco éxito. No sólo habían muerto tan rápidamente como los otros, sino que habían muerto, además, aterrorizados.
Luego, la resurrección de aquel espantoso horror. Recuperar la conciencia bajo tierra, una tierra húmeda y pesada, y advertir que la muerte no traía el descanso. Abrirse paso con manos como garras a través de la tierra, impulsados los cuerpos por una extraña e intolerable necesidad.”












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