Low Sotol

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La botella había viajado el equivalente a dos vueltas a la Tierra. De Chihuahua la llevaron a Guadalajara, luego a las calles del Distrito Federal, en San Ángel, para finalmente embarcarse a Los Angeles, en donde fue abierta por primera vez. Amenizó una noche en la que muchos intentaron sin éxito comparar su contenido con el tequila. Nada, se trataba de sotol y nadie de nosotros lo habíamos probado antes.

Después de esa fiesta me lo llevé, porque me lo habían regalado a mí, al DF, donde suavizó un atardecer de otoño típico de esa ciudad, con viento frío y sol a plomo. Al día siguiente volaba a Barcelona y Low, el disco de David Bowie, se transformó en la pista musical ideal para una bebida tan extraña, tan del pueblo pero tan elegante. Sotol.

El nombre me remitía a una de esas películas de Pedro Infante, blanco y negro y hiss en el audio. Uno de los maleantes a los que el héroe ranchero debía partirle la cara se hacía llamar “El Sotol”; el nombre se había quedado grabado en mi memoria hasta que Always Crashing in the Same Car del Low de Bowie me lo presentó en su mejor forma; miré cómo el sol se ponía detrás del distribuidor vial del sur de la ciudad, solo, con ganas de pensar en nada y sentir todo. “Nothing to do, nothing to say” dice Bowie en Sound and Vision, gran rola ese disco.

Aeropuerto de Barcelona. Me recogen para ir a comer y como no trabajo hasta el lunes prolongo la ya de por sí larga sobremesa para estar a solas, en ese otro otoño, el catalán, tibio y casi primaveral. El barrio del Raval hace que sus calles estrechas y semioscuras retumben en mis oídos con todos sus sonidos, imperceptibles sin el aditivo del vino tinto. Pakistanís, chinos, marroquís, rumanos, sevillanos, noruegos hartos del primer mundo, todos los descarriados amantes de calles vivas están en el Raval, ignorado por completo de las guías turísticas de la ciudad… menos mal.

La cita era en La bodeguita, un bar en el corazón de ese mismo Raval de calles húmedas y asfalto negro, de locutorios que cobran casi nada por llamar a Perú, Ecuador, India, Siria, China. Yo quería llamar a esa botella de sotol en mi mochila, que junto al iPod y a mi libro de viaje, rebotaban en mi espalda, provocando un ruido invocador, que competía en atractivo con el del acentazo de las chicas árabes que pedían una barra de pan en la tienda china, todos hablando en español.

La bodeguita es el bar de Armando, un chico que hace años fue adoptado por una pareja de gallegos que lo trajeron desde no sé dónde para que su piel negra destacara esa noche de manera espectacular contra el blanco de las hieleras antiquísimas en que, agradecido, enfría Estrella de Galicia, la peor cerveza del mundo, en cajones donde bien cabría la pata de una res grande. Armando es amigo de Nuria y Mar y Dani y Marisa, así que cuando llegamos le piden conectar mi iPod. Una hora, dos horas y Armando viene y se sienta intrigado… “¿qué se bebe en América? Aquí lo más famoso es el tequila y ni siquiera lo vendo en mi bar”.

Fue una invocación. Escojo a Bowie en el iPod porque el barrio me lo ha pedido desde hace horas, antes de que comenzara a llover. Low se deja descolgar de las minúsculas bocinas del estéreo de La bodeguita, como cuando la carne molida va saliendo de la maléfica máquina en que la convierten en gusanos rojos, y la botella de sotol escupe el corcho dejando que el aroma nos llegue a la cara.

La música se mete en la botella, se mezcla con el casi incoloro líquido y luego viaja por nuestra gargantas, cálida, tersa, punzante, cabrona. La oscuridad tácita del Low, el disco más anti pop del pop se aglutina con el sabor aceitoso del sotol, que no tiene nada de rancho, pero que sabe a tierra y a desierto.

“Nothing to do, nothing to say”. La maldición termina y más tarde, Armando, Nuria, Mar, Dani, Marisa y yo platicamos del Raval, donde todos están con todos. El sotol camina lento en la sangre, en las calles del barrio, perfuma la mirada, suaviza los golpes de lluvia que se dilatan con los sonidos de Weeping Wall. El sotol se agita como un toro sedado en las curvas de las venas de nuestros cuerpos y saca palabras de nuestra boca, risas, miradas de nostalgia, nos hace hablar y hablar, hasta que Subterraneans aparece de nuevo obra de la casualidad que este alcohol provoca en el universo. El sotol.

Ahí está, la lluvia, las calles del Raval, entra Txelu por la puerta acompañando de Ana Paula, mi chica, se sientan, beben un trago de sotol, casi los últimos vasos. El calor corporal sube, los colores se intensifican, el saxo de Bowie en The Subterraneas se extiende interminablemente, serpenteante, el pan con tomate hace su aparición y la oscuridad del Low toma sentido. Transiciones, el sotol y esa noche y ese viaje es de transiciones. Unos saldrán después de beberlo a partirle la cara a quien se les pare enfrente. Otros se irán a coger desesperadamente, ebrios del seXo del saXo de BoWie en LoW y la fiesta de las conversaciones será el fondo musical. Alguien más irá a besar el adoquín del Raval, otros exploraremos a partir de la plática que se destapó, las otras oscuridades, las de un planeta cruel, partido a la mitad, madreado, hijo de puta, esas verdades dignas de la misma pared de los lamentos en la que Bowie grita su desesperación y que sólo alcoholes como el sotol nos hacen ver menos trascendentes, pero no por ello, menos frívolas. La sabiduría de la botella, el sotol.

“Blue blue, electric blue, that’s the color of my room, where I will live”.

Las películas de la contingencia. 10 de Zombis.

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La cosa se pone complicada cuando nos cierran los cines, pero a pesar de eso siempre podemos ir hasta el mostrador y pedir, para no desentonar, unas cuantas películas que hagan que el encierro involuntario al que las circunstancias nos orillan sea menos monótono, aunque hablando de “tonos”, voy a recomendarles películas que lo mantengan, para que nos demos cuenta que esta onda de la epidemia es muy probablemente nuestra culpa… por una o por otra razón.

Hoy, para todos ustedes, películas de zombis. ¿Por qué? Simple, porque igual que ahora, el temor de las películas de zombis no es que nos alcancen (de hecho corren muy despacio y de aquí a que nos abren la cabeza para comerse nuestro cerebro puede llegar ayuda del otro lado del planeta); el miedo principal es no saber quién está infectado, cómo nos podemos infectar y, especialmente, qué pasa una vez que estamos infectados. Aclaremos que eso de zombi e infectados son tema aparte y que dejaremos para otra ocasión. Rompan el cochinito y láncence a rentar y ver en este orden, las pelis que a continuación nombro.

1.- Shaun of the Dead, o como la bautizaron en México, El desesperar de los muertos (2004). Edgar Wright entregó un verdadero homenaje a todas las películas de zombis jamás hechas, respetando cada una de sus reglas pero al mismo tiempo pasándoselas por salva sea la parte para armar una comedia que rompió también sus propios límites. Infectados, zombis, mundo en desastre, pero siempre, como ahora, siempre hay tiempo para tomarse una chela en el bar de la esquina.

Shaun of the Dead

Shaun of the Dead

2.- La noche de los muertos vivientes o The Night Of The Living Dead (1968). No queremos sonar alarmistas, en esta ciudad no hay muertos vivientes y no queremos que haya más muertos, pero hablando de películas que merecen todo tipo de reconocimientos, la inaugural de George A. Romero es irresistible a estas alturas de la vida. Tampoco se toma muy en serio a sí misma, pero de que vale la pena ver las corretizas en cámara lenta de la peli, vale la pena.

3.- El despertar de los muertos o Dawn of the Dead (1978). El hombre a quien le debemos la enorme lista que aquí mismo podríamos hacer, George A. Romero, nos entretendría ahora mismo de la mejor manera con la sorpresiva aparición de seres que deberían estar muertos pero que no lo están (no, no hablamos de política sino de fenómenos sorenaturales) y el combate que dos miembros de SWAT, un reportero y una chica les dan (por muy extraño que parezca) desde un centro comercial. Existen millones de versiones, pero la chida es esta.

Dawn of the Dead

Dawn of the Dead

4.- REC (2007). De Jaume Balagueró y Paco Plaza, es otra que homenajea la onda de los zombis y los infectados y en la que se ve que se divirtieron de lo lindo. Es también un muy bonito giro dentro del género y aunque no es precisamente espeluznante, sí provocó un par de ataques de ansiedad que han pasado al terreno de las leyendas urbanas. ¿Cómo se contagia uno? ¿Cuánto tarda el virus en manifestarse? ¿Qué hay que hacer una vez que se manifiesta? Hagan lo que hagan, no vayan a poner pausa al dvd.

5.- Santo contra los zombis (1962). Esta joyita dirigida por Benito Alazraki se puede conseguir también en dvd con un poco de ganitas. ¿De qué va? Por supuesto, un maléfico doctor ha creado una raza de zombis que lo ayudan a cometer sus fechorías y… ¿pero cuándo nos ha importado la historia de las películas de El Santo? El asunto es que él actúa, pelea y salva a la ciudad y de paso a doña Irma Serrano, que luego se convirtió en figura política y después en… bueno, ya conocen la historia.

6.- Sementerio de Mascotas o Pet Sematary (1989). Sí, van con error de ortografía las dos. Dirigió la pobre de Mary Lambert y lo decimos así porque esta ni califica como peli de infectados ni como de zombis, aunque al mismo tiempo podría ser de las dos cosas. Es buena por mala y divertida por la misma razón. Una vez más le hacen poca justicia al libro de Stephen King, pero por ver al niño resucitado con cara de malo podemos soportarlo todo.

7.- Exterminio o 28 Days Later (2002). El buenazo de Danny Boyle abrió su película de infectados con un Londres completamente vacío, algo que de manera más realista muchos pueden vivir en la Ciudad de México, donde la actividad se ha reducido considerablemente. Es buena, divertida, hay emoción y una sensación de desamparado muy bien lograda. Por si acaso, hay dos finales, aunque sabemos que aquel en el que todo sale bien es el favorito de todos… como ocurrirá después de que, con la epidemia que vivimos, hagamos lo que nos toca hacer.

28 Days Later

28 Days Later

8.- Plan 9 del espacio exterior o Plan 9 from Outer Space (1959). Unos extraterrestres deciden que los humanos vamos de la patada y que es hora de detener nuestros extrañísimos experimentos militares que incluyen la fabricación de una bomba solar. Para ello resucitan 3 muertos y nos lanzan una invasión de vampiros que hacen que las cosas se pongan tan divertidas que nos olvidemos de la bomba y todo eso. Bueno, quizá ese no era el plan, pero con esta peli no hay manera de parar de reir.

9.- Death Metal Zombies (1995). Una verdadera joya en la que un disco de un grupo que se llama Living Corpse hace que unos chicos se conviertan en zombis a la mitad de una fiesta. La novia de uno de ellos es la encargada de rescatarlos y de desbaratar el plan de Shengar, vocalista de Living Corpse, que justamente a través de su rola “Zombiefield”, hace que quien la escuche se transforme y obedezca sus órdenes.

Death Mortal Zombies

Death Metal Zombies

10.- Zoombies of the Stratosphere (1952). ¿Qué tal una de zombis sin zombis? Pues esta. Los marcianos quieren que la Tierra desocupe su órbita alrededor del Sol para que Marte ocupe su lugar y para conseguirlo hacen desde una bomba hasta viajes espías a nuestro planeta. La peli es tan vieja que no sabían que la onda de infectados caminando por las cales iba a ser más efectiva que la de los marcianos mal intencionados. No tiene desperdicio y si alguien nos dice por qué le pusieron así sin que salga un solo zombi en la peli, se lleva un premio.

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