Algo sobre la cultura del diálogo:
Amigas y amigos del Blog: anteriormente había dicho que tenía algunos documentos y textos que pondría a su consideración a fin de abrir diversas avenidas de diálogo, es decir, de un intercambio razonado de ideas, proposiciones y críticas para que, con base en la buena fe y la genuina voluntad de participación, pudiésemos explorar puntos de vista coincidentes y divergentes, siempre dentro de un ámbito de respeto y de mutuo reconocimiento a nuestra calidad de interlocutores.
Pienso que no está de más hacer unas primeras reflexiones en torno al “diálogo”, es decir, esa palabra—ese concepto—sobre el que está construida no sólo la práctica de la mediación sino, sobre todo, el ejercicio mismo de la razón. Haré referencia de manera muy general a ciertos pensadores y los invito a que enriquezcan estas referencia con otras, o bien, a que aporten sus propias ideas.
Fueron los griegos (Heráclito, Platón y más adelante Aristóteles) quienes acuñaron y desarrollaron el concepto de diálogo: aquello que se hace y se alcanza través de la palabra. La palabra no es propiedad de nadie, sino el vínculo que nos permite a todos conocernos y reconocernos. En estricto sentido, nunca nadie tiene la última palabra y, cuando menos en una cultura genuinamente democrática, todos tienen derecho a la palabra.
Una cultura del diálogo, como lo demuestran Los Diálogos de Platón de manera especialmente profunda (y quizás por eso le fue a Sócrates como le fue), está sustentada en dos fuerzas complementarias: la competencia lingüística y la voluntad de participación para llegar a un acuerdo. La competencia lingüística está relacionada con la habilidad para exponer ideas, argumentos o proposiciones de manera clara, sencilla y mesurada; la voluntad de participación, está relacionada con la disposición de dos o más interlocutores a reconocer que, además del suyo propio, puede y de hecho suele haber otros argumentos igualmente válidos y, consecuentemente, que nadie tiene la última palabra, sino que el entendimiento o el acuerdo (mas que “la” verdad) se construye en el consenso racional.
Quien entra en una relación dialógica animado por la voluntad de participar y de alcanzar un acuerdo, aun si carece de la suficiente elocuencia, de la suficiente competencia lingüística para expresar sus ideas, probablemente logre beneficiarse del entendimiento y el consenso que se alcance. De hecho, es probable que el intercambio de ideas genuinamente motivado, logre mejorar su competencia lingüística y abone a una relación dialógica cada vez más rica y productiva.
Quien entra en una relación dialógica únicamente movido por la competencia lingüística, pero sin la voluntad de participar, inevitablemente acaba transformando el discurso en retórica: la idea no es llegar a un acuerdo, sino la de vencer al otro o a los otros. Lejos de aceptar que puede haber otra versión, se aferra a la suya propia y transmuta la imaginación simbólica que anida en la palabra en una estructura pétrea e irreductible: ya no puede moverse de ese punto.
Entonces, en vez de usar la palabra como hilo conductor, como vaso comunicante, para que fluya la razón, convierte el logos en ariete: se usa no para buscar el acuerdo, sino para descalificar y desconocer al interlocutor, aun si éste se manifiesta como un participante de buena fe. Cuando las palabras se usan para descalificar al otro, solemos cancelar las posibilidades del diálogo: o las cosas se hacen como yo quiero, o no se hacen. Todo o nada.
Una de las tragedias de los movimientos democráticos de nuestro país, particularmente de los proyectos políticos con una orientación vagamente llamada de izquierda, radica en que, con enrome frecuencia, suelen estancarse en ese “todo o nada”. Afincarse en posturas irreductibles impiden el movimiento, el intercambio racional y, consecuentemente, las posibilidades mismas del proyecto de cambio, las posibilidades mismas del movimiento, se cancelan.
Cierto: no es algo privativo de nuestro país. Jürgen Habermas, por ejemplo, advirtió este fenómeno en el movimiento estudiantil alemán (de la misma manera que lo hizo Calude Lévi-Strauss con el movimiento estudiantil francés de mayo de 1968) y, en buena medida, fue la intransigencia y la adopción de posturas irreductibles de muchos de los lideres estudiantiles, lo que lo motivó a desarrollar su Teoría de la Acción Comunicativa.
Retomando a los filósofos griegos de la antigüedad (y en menor medida, el concepto de la terapia psicoanalítica fundada en el diálogo verdadero entre paciente y analista), Habermas sostiene algo que me parece fundamental: quienes verdaderamente desean entablar una relación dialógica, es decir, construir o participar en un proceso de mediación a través de la palabra, están dispuestos a dejar atrás sus posiciones o presuposiciones originales para adoptar precisamente aquello que se derive del intercambio dialógico entre las partes. Ni la razón de uno ni la razón del otro, sino una nueva razón fundada en la síntesis y en la aceptación de lo que cada quien aporte al diálogo.
Cultura del diálogo significa, creo, el cultivo de la palabra como mecanismo para expresar, para alcanzar y, aun más importante, para construir la razón. De lo contrario, más que cultura del diálogo lo único que tendríamos sería un universo de monólogos paralelos. ¿Qué opinan?