Noviembre 12th, 2009RESPUESTA AL DR: TROVAMALA

Estimado Dr. Rafael Trovamala Landa
(Nota: versión resumida de la respuesta en el programa)
Celebro su participación en este espacio. Respeto su opinión y agradezco su disposición al diálogo, aun cuando me parece que en su correo ya descalificó al IMER y al mediador como interlocutores. No será mi caso respecto de usted. Comienzo por la segunda parte de su texto por una razón muy sencilla. Su argumentación está sustentada, al parecer, en una premisa equívoca.

El significado de “atender” sobre el que Usted construye su crítica es una de seis distintas acepciones que se reconocen idiomáticamente a este verbo (siempre hay, en efecto, otra versión). “Atender” también significa “acto de cortesía y respeto”; “Tomar en consideración, reflexionar, dar seguimiento”, así como “Preocuparse, ocuparse o negociar”. Aceptar únicamente la acepción de “atender” que usted recoge, es confundir atender con “acatar”. No es lo mismo.

Pero este no es un problema semántico, sino de funciones y de límites a esas funciones. Por definición, un mediador no resuelve lo que pide una de las partes, porque estaría haciendo todo menos mediar, es decir, convertiría la mediación en un acto unilateral. Se ha mencionado en programas anteriores la función interactiva del mediador entre dos partes: en este caso, entre el público y las emisoras. Usted ya dijo su sentir y el IMER ya ha dado una respuesta en cuanto a las actualizaciones del Pod Cast. Puede ser que no sea la respuesta que a Usted y a muchos otros les habría gustado, pero es una respuesta que, en efecto, doy por válida, así como di por válida su observación.

El IMER tiene, en sus 17 estaciones, una gran variedad de programas, pensados para públicos muy distintos. Todos los públicos y todos los programas cuentan por igual. Esa es una política del IMER con la que yo coincido. Entonces, los argumentos para solicitar la retransmisión de uno son, en principio, válidos para que se solicite al IMER la retransmisión de todos los demás.

No veo yo cómo el principio de equidad—al que está ligado la idea de democracia cultural—pueda ser considerado un argumento ingenuo, o una falacia por parte del IMER y del mediador. Y en efecto: esto supondría crear, como dijo otro radioescucha, una estructura-espejo para dar cabida a todas las posibles retransmisiones. Lamentablemente, eso no es posible.

Con todo respeto, me pregunto si no es una paradoja que quienes más piden que se retransmita La Otra Versión, sean al mismo tiempo quienes menos están dispuestos a reconocer las otras versiones de la programación del IMER, es decir, a que el IMER abra sus espacios a otros programas, que, precisamente en un espíritu de democracia creativa, tienen tanto derecho a existir como La Otra Versión. ¿Esto es incongruente? ¿Defender el principio de equidad es ser intransigente?

El compromiso de un medio público como el IMER es el de continuamente abrir nuevos espacios, presentar diferentes programas, dar oportunidad a otras voces y ampliar y diversificar su oferta programática. Limitar el debate del proyecto radiofónico del IMER a si se retransmite o no uno de sus programas, es reducir al mínimo las posibilidades del diálogo, de la razón y del entendimiento.

Estoy seguro que el maestro Javier Platas no quisiera cargar con el peso que de la retransmisión de su programa penda la viabilidad cultural del IMER. El propio Bach, me parece, habría retrocedido atemorizado ante tamaña responsabilidad.

Personalmente, Dr. Trovamala, agradezco su correo. Como usted solicitó, ya se le dio lectura y ya se le dio respuesta. Así como también lo publicó Usted en el Blog, publico yo la respuesta. No considero que los argumentos que se han presentado puedan tomarse como burla a la figura del mediador ni de los radioescuchas. Tampoco considero que se demerite el ejercicio de las funciones del mediador que, repetiré cuantas veces sea necesario, no es un juez, ni un fiscal, ni mucho menos una autoridad operativa. Se trata de una voz más, que se suma a un diálogo entre el IMER y su público, que aspira a ser racional y sensato. Eso es lo que he procurado hacer y eso es a lo que invito a los escuchas, de toda buena fe, a continuar haciendo.

Muchos saludos.

Algo sobre la cultura del diálogo:

Amigas y amigos del Blog: anteriormente había dicho que tenía algunos documentos y textos que pondría a su consideración a fin de abrir diversas avenidas de diálogo, es decir, de un intercambio razonado de ideas, proposiciones y críticas para que, con base en la buena fe y la genuina voluntad de participación, pudiésemos explorar puntos de vista coincidentes y divergentes, siempre dentro de un ámbito de respeto y de mutuo reconocimiento a nuestra calidad de interlocutores.

Pienso que no está de más hacer unas primeras reflexiones en torno al “diálogo”, es decir, esa palabra—ese concepto—sobre el que está construida no sólo la práctica de la mediación sino, sobre todo, el ejercicio mismo de la razón. Haré referencia de manera muy general a ciertos pensadores y los invito a que enriquezcan estas referencia con otras, o bien, a que aporten sus propias ideas.

Fueron los griegos (Heráclito, Platón y más adelante Aristóteles) quienes acuñaron y desarrollaron el concepto de diálogo: aquello que se hace y se alcanza través de la palabra. La palabra no es propiedad de nadie, sino el vínculo que nos permite a todos conocernos y reconocernos. En estricto sentido, nunca nadie tiene la última palabra y, cuando menos en una cultura genuinamente democrática, todos tienen derecho a la palabra.

Una cultura del diálogo, como lo demuestran Los Diálogos de Platón de manera especialmente profunda (y quizás por eso le fue a Sócrates como le fue), está sustentada en dos fuerzas complementarias: la competencia lingüística y la voluntad de participación para llegar a un acuerdo. La competencia lingüística está relacionada con la habilidad para exponer ideas, argumentos o proposiciones de manera clara, sencilla y mesurada; la voluntad de participación, está relacionada con la disposición de dos o más interlocutores a reconocer que, además del suyo propio, puede y de hecho suele haber otros argumentos igualmente válidos y, consecuentemente, que nadie tiene la última palabra, sino que el entendimiento o el acuerdo (mas que “la” verdad) se construye en el consenso racional.

Quien entra en una relación dialógica animado por la voluntad de participar y de alcanzar un acuerdo, aun si carece de la suficiente elocuencia, de la suficiente competencia lingüística para expresar sus ideas, probablemente logre beneficiarse del entendimiento y el consenso que se alcance. De hecho, es probable que el intercambio de ideas genuinamente motivado, logre mejorar su competencia lingüística y abone a una relación dialógica cada vez más rica y productiva.

Quien entra en una relación dialógica únicamente movido por la competencia lingüística, pero sin la voluntad de participar, inevitablemente acaba transformando el discurso en retórica: la idea no es llegar a un acuerdo, sino la de vencer al otro o a los otros. Lejos de aceptar que puede haber otra versión, se aferra a la suya propia y transmuta la imaginación simbólica que anida en la palabra en una estructura pétrea e irreductible: ya no puede moverse de ese punto.

Entonces, en vez de usar la palabra como hilo conductor, como vaso comunicante, para que fluya la razón, convierte el logos en ariete: se usa no para buscar el acuerdo, sino para descalificar y desconocer al interlocutor, aun si éste se manifiesta como un participante de buena fe. Cuando las palabras se usan para descalificar al otro, solemos cancelar las posibilidades del diálogo: o las cosas se hacen como yo quiero, o no se hacen. Todo o nada.

Una de las tragedias de los movimientos democráticos de nuestro país, particularmente de los proyectos políticos con una orientación vagamente llamada de izquierda, radica en que, con enrome frecuencia, suelen estancarse en ese “todo o nada”. Afincarse en posturas irreductibles impiden el movimiento, el intercambio racional y, consecuentemente, las posibilidades mismas del proyecto de cambio, las posibilidades mismas del movimiento, se cancelan.

Cierto: no es algo privativo de nuestro país. Jürgen Habermas, por ejemplo, advirtió este fenómeno en el movimiento estudiantil alemán (de la misma manera que lo hizo Calude Lévi-Strauss con el movimiento estudiantil francés de mayo de 1968) y, en buena medida, fue la intransigencia y la adopción de posturas irreductibles de muchos de los lideres estudiantiles, lo que lo motivó a desarrollar su Teoría de la Acción Comunicativa.

Retomando a los filósofos griegos de la antigüedad (y en menor medida, el concepto de la terapia psicoanalítica fundada en el diálogo verdadero entre paciente y analista), Habermas sostiene algo que me parece fundamental: quienes verdaderamente desean entablar una relación dialógica, es decir, construir o participar en un proceso de mediación a través de la palabra, están dispuestos a dejar atrás sus posiciones o presuposiciones originales para adoptar precisamente aquello que se derive del intercambio dialógico entre las partes. Ni la razón de uno ni la razón del otro, sino una nueva razón fundada en la síntesis y en la aceptación de lo que cada quien aporte al diálogo.

Cultura del diálogo significa, creo, el cultivo de la palabra como mecanismo para expresar, para alcanzar y, aun más importante, para construir la razón. De lo contrario, más que cultura del diálogo lo único que tendríamos sería un universo de monólogos paralelos. ¿Qué opinan?

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